miércoles, 22 de febrero de 2012

Las primeras preguntas

Cuando el veterinario te enseña el test positivo en Leishmania, las primeras preguntas que te vienen a la cabeza (al menos a mí, padre de familia con precaria economía, dos hijos pequeños y una hipoteca mayor) son:


1.- ¿Nuestros hijos corren peligro?
2.- ¿Se va a morir mi perra?
3.-
¿Vamos a tener que sacrificarla tras una dolorosa enfermedad?
4.-
(y aquí sale la parte pragmática pero inevitable) ¿Cómo vamos a conseguir, con nuestra mermada economía modelo crisis de 2010-2012, costear un tratamiento que se adivina realmente caro?


Respuesta a la pregunta 1
Esta pregunta la responde el veterinario antes de que se la formules. De hecho en cuanto te dice que el animal está infectado, lo primero que hace es asegurarte que el perro NO transmite la enfermedad, que a pesar de que la Leishmaniasis también se da en humanos, no es contagiosa de perros a humanos, es más, podemos inocularnos directamente la sangre del animal que no nos transmitiría el parásito. La Leishmania sólamente se transmite a través de un mosquito llamado flebotomo que tras picar a un animal infectado por Leishmania, incuba al parásito durante unos días hasta que se lo transmite a otro animal o humano. 
Con todos ustedes: ¡El flebotomo!
Tras escuchar al veterinario y leer posteriormente toda la información que puedes encontrar sobre el dichoso parásito y sus hazañas llegas a la conclusión de que el perro en sí no es problema y que puede vivir con niños, perfecto, pero entonces es cuando sale la vena de padre paranoico-sobreprotector: si el mosquito entra en casa, al vivir con nosotros un animal infectado, aumentará la probabilidad de que un fletotomus puñeterus pique al perro, se quede en casa a pasar unos días después pique a mi hijo, ¿no?. Nueva consulta al veterinario (perdonad la tabarra que os doy, Anselmo y María) que insiste en que no tenemos más probabilidades de infección por convivir con el perro, ya que seguro que en el barrio hay más perros con Leishmania y la probabilidad de infección en humanos es ínfima. 


Como me temo que la alternativa a convivir con el perro infectado es deshacernos de Atenea, asumimos las probabilidades ínfimas de Anselmo como un dogma de fe y decidimos olvidar el tema: nos quedamos con la perra y vamos a intentar curarla.



Respuesta a las preguntas 2 y 3.
El veterinario asegura que hoy día el tratamiento de la Leishmania ha avanzado mucho y que no tiene por qué morir. Puesto que la hemos detectado en un estado temprano de la enfermedad, las probabilidades de supervivencia y de una calidad de vida buena para el animal son muy altas.
El caso es que éste discurso se parece sospechosamente al que te sueltan cuando te detectan un tumor maligno (a mí no  me ha pasado, pero sí a familiares queridos y cercanos). Por la experiencia con el cáncer de mis familiares -de momento todos lo han superado-, asumiremos como buena la tesis de que se puede tratar y de que no morirá tras torturarla inútilmente. Seamos optimistas.



Respuesta a la pregunta 4.
Esta pregunta está, de momento, sin respuesta. Aún no sabemos cuánto cuesta el tratamiento, pero para empezar ya nos hemos dejado medio riñón en los análisis previos al diagnóstico. Desde luego que abandonar a Atenea a su suerte por una cuestión económica no es una opción, pero todo dependerá de hasta dónde nos llegue la economía familiar. Nuevamente: seamos optimistas.

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